Un patín de hielo y una piedra

Los últimos días han sido algo vertiginosos, con muchas cosas por hacer, por solucionar, y con prisas de un lado a otro. Y, para variar, con una montaña rusa de noticias buenas y malas en la que te montas cuando menos te lo esperas.

Pero lo que realmente me ha tenido fuera de juego ha sido un intenso dolor de muelas. El dolor de muelas te vuelve loco, te hace delirar, ver cosas que no son y al final acabas completamente destrozado.

Cuando las muelas me duelen así, me acuerdo siempre de Tom Hanks en “Naufrago” cuando, poseido por el dolor, se hace una endodoncia con un patín de hielo y una piedra.

Menos mal que yo no soy mucho de patinar, que si no…

Las cosas que merecen la pena

Aida, con quien mantengo esta eterna partida de ping-pong con enlaces en vez de raquetas, escribió el otro día la lista de cosas que hacen que la vida valga la pena. Yo llevaba algún tiempo dándole vueltas a una lista similar, pero su post me ha servido de invitación.

Ahí van algunas de las cosas que realmente merecen la pena. Seguro que me dejo muchas, pero no las más importantes:

  • Estar con la gente que te quiere.
  • Oir la lluvía.
  • Los besos.
  • Ver caer la nieve.
  • Un abrazo.
  • Bañarse en el mar.
  • Enamorarse.
  • Ver atardecer.
  • El sexo.
  • Sentir el viento.
  • Reirse sin parar.
  • Correr mientras gritas.
  • Emborracharse.
  • Llorar.
  • Dar un regalo.
  • Montar en bici.
  • Alegrarle el día a alguien.
  • Oir una canción.

Esto no es una cadena, pero si alguien se anima a anotar su lista…

Pequeños placeres

Hace ya algún tiempo que le doy vueltas a eso de los pequeños placeres. Me refiero a esas pequeñas cosas que hacen que la vida merezca la pena pero que, por su simpleza, pasan totalmente inadvertidas para nosotros. Sólo nos damos cuenta de lo importantes que son cuando las perdemos.

Está claro, consumir mola más: una cámara digital, una moto, una camisa de marca, un coche con todos los extras, un bolso, unos zapatos, la última consola, un reloj cronógrafo, un portatil… Todos estos lujos eclipsan lo que de verdad importa.

Leonardo Da Vinci dijo algo parecido a “El que no disfruta de los placeres de la vida no tiene derecho a vivirla”. De los 15 a los 18 años fue la frase con la que me despertaba y con la que me acostaba. Literal, incluso era mi fondo de pantalla.

Luego llegó el dinero. Ganado con esfuerzo, sí, pero poco a poco te vas dejando llevar. Y sin saber cómo acabas haciendo colas interminables para conseguir una caja llena de chips y cables, por ser el primero en ver una película o pagando cifras alucinantes por trozos de plástico venidos de oriente.

A pesar de ello, no hay nada como pasarse siete horas esperando en una sala de urgencias para darse cuenta de lo que realmente significan esos pequeños placeres.

Poder andar, correr, caminar por ti mismo, respirar, poder salir a la calle todos los días, dejar que el viento y la lluvia te golpeén en la cara, irte a dormir sin miedo, sonreir cada mañana… y no tener que ver todo desde esa maldita ventana. Eso sí que es un placer.

Me pregunto en qué momento todos esos placeres se empequeñecieron.

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