Zapatos de gamuza azul

No me pises más,
mis zapatos de gamuza azul.
No me pises más,
Mis zapatos de gamuza azul.

Estaba volviendo esta tarde del dentista, aún dolorido y ciertamente cansado de un viaje en metro de una hora y dos transbordos, cuando al llegar al último pasillo he empezado a escuchar a alguien cantando. Era un hombre de cincuenta y tantos años, con guitarra española en las manos, tocando la versión traducida de “Blue suede shoes”.

Su manera de tocar no era nada profesional, ni siquiera amateur. Nada de micrófonos y voz de conservatorio. Nada de un amplificador en un carrito. Nada de eso. Él trataba de rasgar las cuerdas de su guitarra con la intención de obtener sonidos más o menos acordes y, al mismo tiempo, golpeaba la caja para hacerse los acompañamientos.

Nada de buena chaqueta de cuero, gafas de sol y pose de estrella. No. Allí estaba él, con vaqueros bien subidos, polo verde y una cazadora marrón.

Pero muchos huevos, eso sí.

Mientras iba caminando escuché su acelerada y semi-angustiosa voz repetir la estrofa un par de veces más, silenciándose poco a poco unos pasos atrás. Y en ese instante no pude dejar de imaginar que, a lo mejor, hace apenas unos días, su jefe, un engominado veinteañero ya subdirector de una de las muchas empresas grises y absurdas que hay, le firmó su finiquito y con un cínico apretón de manos le mandó al paro. La crisis, dicen.

Frente a otros, daba la impresión que él no deseaba estar allí. No quería estar allí. Él no era como esos otros divos que van al metro con la falsa ilusión de que una mañana un príncipe musical venga en su caballo blanco y les ofrezca producir un disco que les haga sonar en los 40principales. Él no estaba esperando poder dar una entrevista contando su humilde historia de músico callejero. Tengo la impresión de que no, que él no.

Él cantaba con voz seca, dura. Él cantaba con la voz del que sabe que la nevera sigue vacía y que hay que salir a pelear el plato de sopa. Con la voz del que ha cogido la guitarra que acumulaba polvo en el fondo del armario y se echa a la calle para conseguir salir adelante. Él cantaba con la voz de aquel que no tiene verguenza porque hasta esa la ha empeñado.

Y allí se quedó, mientras yo me iba a casa.

Y aunque mi imaginación había recreado en mi cabeza aquella escena típica de cuento de navidad, y con la duda de si esa historía pudiera ser verdad, salí del metro, sonriendo, tarareando su canción.

Hay que joderse qué tonto es todo algunas veces.

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